miércoles, 26 de abril de 2017

Mi cuento del conde Lucanor

En otra ocasión se presentó el conde Lucanor a Patronio, exponiéndole que un gran comerciante amigo suyo le había propuesto un negocio que le podría reportar grandes riquezas y poder si invertía en él una gran suma de dinero, y le pidió consejo en este asunto.


Señor Conde Lucanor. A menudo puede parecer que si perseguís algo grande, pensáis en grande, e invertís en grande los beneficios que obtendréis serán igualmente grandes, pero no tiene por qué ser así, y a menudo sólo se consigue perder gran cantidad de dinero o recursos, así que andad con cuidado si no queréis que os ocurra lo que le ocurrió al protagonista de esta historia 

“Hubo una vez un noble duque que por codicia y miedo a perder sus bienes, contrató para proteger su castillo a la mejor guardia que pudo encontrar, y puso en su castillo las mejores medidas de seguridad que pudo permitirse. El caso es que un día se le presentó un comerciante con un material que prometía proteger su castillo de cualquier invasión, siendo incluso más efectivo que toda su guardia multiplicada por tres. El duque quiso saber de inmediato de que se trataba así que el comerciante hizo traer un vulgar trozo de aluminio diciéndole que aquel era el material más duro hallado por el hombre. el duque, intrigado, preguntó de qué le serviría tal material, y por qué habría de ser más efectivo que su admirable guardia. El comerciante le respondió que mientras que el hombre podía ser débil, y quizá tuviera la tentación de hacerse con sus bienes mientras él durmiera sintiéndose protegido, aquel milagroso material podría aislar sus pertenencias de los ladrones sin que nadie pudiera manipularlo, y que mientras que el hombre se debilita y merma sus fuerzas con el tiempo, además de poder ser diezmado por las epidemias o por venenos, ese material podría resistir el paso del tiempo sin sufrir ningún tipo de achaque. 

El duque, maravillado por aquel producto, decidió emplearlo en sus rejas, puertas, y en todos los sistemas de defensa del castillo. Tanto lo utilizó que empleó para ello casi la mitad de su inmensa fortuna, además de prescindir de su increíble guardia, ya que ésta requería mantenimiento y ya había invertido bastante en comprar aquel “milagroso” material. Pero pasaron los meses, y el duque descubrió que además de haberle vendido vulgar aluminio a precio de oro, aquellos estafadores habían aprovechado para abrir todas sus cámaras y arcones durante la noche, con su castillo vacío, desprotegido y débil.”

Y vos, Conde Lucanor, si no queréis que os ocurra lo que le ocurrió a este duque, no creáis en milagros y no persigáis quimeras, pues a menudo no procuran sino desagravios y pérdidas de tiempo y recursos.

El conde así lo hizo, y tanto le gustó este ejemplo que lo mandó escribir junto con una moraleja que lo resumiera.

“Si en milagros no creéis, decepciones evitaréis”

No hay comentarios:

Publicar un comentario